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Un infierno efervescente de reflexiones

EL NARCO LLENA LA ESCENA


Estando resguardada a más de 10 mil kilómetros de distancia, no puedo conciliar el sueño. El cine, en su búsqueda incansable por representar la vida en sus infinitas dimensiones, me ha puesto en alerta y me ha recordado la barbarie de la que México es presa. La distancia física, la lucha por la supervivencia en la jungla de asfalto y el egoísmo inherente al  instinto animal presente en el hombre me mantienen ajena a este escalofriante escenario. Cada mañana abro los ojos sin detenerme a pensar en mi calidad de ser; al llegar la noche, mi cuerpo ensaya la que inevitablemente será su foto final. En esta pose, en este limbo entre la vigilia y el sueño, mi mente revive imágenes que terriblemente son menos sangrientas en la ficción que en la realidad.  El Infierno (2010), de Luis Estrada, es sólo una muestra de la masacre que está sucediendo en mi México ya no tan lindo y aún muy querido. 
El cine es mucho más que entretenimiento. Una película puede detonar las más grandes pasiones y las más grades reflexiones filosóficas. Es el caso de esta comedia negra cuya crítica rebasa los comentarios relativos a su narrativa impecable, sus excelentes actuaciones o su perfecto trabajo de arte. El discurso de la película del también director de La ley de Herodes (1999) habla, reflexiona y siembra incertidumbre. De ahí que después de verla el sueño sea difícil de conciliar y la mente necesite expulsar los pensamientos devenidos del acto de visionar. 
El caso mexicano es un reflejo de un problema mundial que toca todas las aristas de la vida. Los vericuetos del narcotráfico como: la adicción de la mercancía que se comercian, la desigualdad generada por la acumulación de capitales , la obnubilación que genera el dinero   y por supuesto el poder enraizado en la vida como moneda de cambio. El signo lingüístico vida no alcanza para representar lo inasible e imprescindible de esta mutación de la energía universal. No alcanza una palabra ni tampoco la experiencia del ser.  Desde tiempos inmemoriales el hombre ha buscado ensordecer sus sentidos para vivir sin darse cuenta que la vida y el hecho de existir son extraordinarios per se. ¿Realmente necesitamos asirnos de algo que nos dé nuevas perspectivas a costa de miles de vidas? El negocio del narco provoca que algunos gocen de efímeros estados divinos de conciencia mientras tienen que vivir y morir en el infierno. ¿O es que los que gozan también mueren en el infierno?  
Mi palabra quizás no vibre lo suficiente en un primer momento, pero soy consciente de la importancia de la participación activa de cada una de las partes en el logro de cualquier empresa. Las hormigas tan diminutas en nuestro inmenso mundo nunca han cambiado su metodología de trabajo en equipo y son una especie de las especies más resistentes. La unión hace la fuerza, en lo bueno y en lo malo. Existe la posibilidad de que el hombre sea malo por naturaleza, como dice Hobbes, o que sea bueno, como dice Rousseau, y el contexto lo haya tornado en contra de sí y  de su especie. Pero mi intuición humana también me dice que tocando las inflexiones precisas y apelando a que el individuo se percate de su naturaleza única -somos 6,000,000,000 y algunos muy parecidos, pero no dos iguales- la conciencia a nivel individual puede tornarse en conciencia colectiva. 
Estas pueden ser sólo palabras, pero si dejas de lado la forma de mi discurso y te detienes a pensar un momento en que cada una de las acciones de cada individuo repercute en el todo, la gran cadena del narcotráfico empezará a perder eslabones. Consumir drogas en este sistema es como tomar sangre humana, no nos convirtamos en vampiros del dolor. No pretendo hacer un juicio de valor sobre el trato que cada quien le da a su cuerpo, no soy quien para hacerlo, pero la conciencia es el estado óptimo de convivencia entre los seres humanos. No es sólo una acción para un problema, la conciencia es tan abarcadora como la vida. Bañarse rápido, apagar la luz, separar la basura, llevar tu bolsa al supermercado, usar bicicleta, compartir el auto o caminar también son otras acciones que contribuirán a dejar de intoxicar el lugar primigenio del que vinimos y al que terminaremos alimentando. 
Aún en la distancia, pensar que mientras escribía esto alguien fue asesinado y sufrió una de las más horribles muertes seguramente no me dejará dormir.  Hasta aquí la reflexión de un ente en el sexto C de un edificio, en  una calle, de las cientos que hay en esta ciudad, de las miles de ciudades que hay en los cientos de países de este único mundo que conocemos de un cosmos infinito y en expansión. Resta erradicar el miedo para ser libres. 
Aunque suene a propaganda mi acción con esta crítica cinematográfica-filosófica-reflexiva  texto tiene como intención que veas (o reveas) y vivas (revivas) a través del cine El infierno. De ahí pal real nos toca a cada quien hacer lo propio.