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Mejor que decir, escuchar

por Leandro Gonzalez de Leon


Pasé temprano. Señoras, militantes y hipsters entraban silenciosamente en el Congreso de la Nación. A cajón cerrado, envuelto en una bandera argentina, yacía Leonardo Favio. Junto a los familiares pude ver al Secretario de Cultura Jorge Coscia conversando con Horacio Verbitsky. También vi a Julián Domínguez, Ana María Picchio y Teresa Parodi. A mi lado, entre los desconocidos, estuvo Pino Solanas. Pino, aunque cineasta y peronista, muy poco se ha parecido al otro, al muerto, en su modo de narrar y de hacer. Hace dos meses falleció Octavio Getino. Gente importante.

Un matrimonio de ancianos se arrodillaron a rezar. “Se fué mi ‘pantalón cortito’” decía la señora, entre lágrimas, evocando “Chiquillada”, una de las tantas grabaciones del Favio cantante presentes en la memoria colectiva.

Favio fue un artista popular argentino. Las tres cosas. Porque sus películas y sus canciones se ligaron estrechamente con la cultura argentina, con los motivos recurrentes de nuestra literatura y nuestra historia. Decimos ahora “el mejor cineasta argentino”, por ejemplo, y no sólo por tratarse de un argentino que se distinguió en su disciplina (como podría ser Luis Alberto Spinetta, por ejemplo). No, lo decimos por su capacidad de recrear un pensamiento (un sentimiento, él diría) original de nuestro país y en especial por haber recuperado, como ningún otro que yo recuerde, la voz popular, con una crudeza inusual para un lenguaje tan artificioso como el del cine.

Pibes de la calle, artistas ambulantes, boxeadores, gauchos, desfilan en la obra de Favio con sorprendente vivacidad. Como autor, se valió de los géneros populares, “bastardos”, como el circo criollo, el folletín y el radioteatro. Si los autores de Cine Liberación quisieron llegar al pueblo con un proyecto pedagógico, de instrucción política, Favio intentó más bien recuperar el sentir del pueblo y darle representación en la gran pantalla. Un cine fundado en la escucha, en prestar atención a la sensibilidad de nuestras clases populares: la emotividad, el humor, la violencia, la jactancia, los sueños.

Cada película (son pocas, por desgracia) merece un estudio detenido. Son muy distintos los paisajes y los temas, sólo comparten la mirada del autor, comprometido ética y estéticamente con un modo de hacer cine, de hacer política, con un modo de vivir.